DESECHANDO LA GRACIA
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2011-06-08 03:00:00
«No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.» (Gálatas 2:21)
La gracia del Señor vino sobre la humanidad con la venida de Jesús. Ella es el poder de Dios en acción en nuestro favor, la cual debe ser asumida por fe, de acuerdo con las Escrituras. Ese mover del Señor es suficiente para llevar al perdido a la salvación plena, para liberar al dependiente químico del vicio o para sanar de cualquier enfermedad. La gracia divina debe ser recibida con fe para que Dios pueda realizar aquello que soñó, y no de cualquier manera o con incredulidad.
Puede parecer imposible, pero el hombre puede desechar la gracia de Dios sobre su propia vida. Una vez que resista al Señor, o que no dé a la gracia el valor necesario, puede hacer que la acción del poder de lo Alto, la cual el propio Dios determinó sobre su vivir, sea destruida. Si el Padre nos advierte de ese peligro es porque él es real. Quien comete tal locura queda desamparado en la lucha contra las adversidades que, por cierto, no son pocas. Vale recordar que, mi hermano, por detrás de los infortunios está el enemigo de nuestra alma.
Nuestro merecimiento a las bendiciones ocurre por acto de Dios, que de tal manera nos amó que dio a su único Hijo para morir en nuestro lugar (Juan 3:16). Cuando el Altísimo nos abre el entendimiento, podemos decir que ese hecho es un merecimiento que Él nos da. De este modo, porque Él nos ama, y sólo por eso, podemos reivindicar lo que el Señor nos promete, confiados en su Palabra.
La muerte de Jesús no fue inútil ni sucedió por casualidad. Fue su plan, el único que podría ser ejecutado, para llevarnos a Sí mismo. Despreciar lo que el Hijo de Dios hizo por usted es el mayor pecado que se puede cometer, pues Él dejó su gloria y nació en nuestro mundo, como uno de nosotros, y su humillación hasta la muerte en la cruz del Calvario tenía como propósito apenas rescatarnos para el Padre.
Si usted se convence de que el Señor murió en su lugar y clama su derecho a todas las promesas de las Escrituras, estará honrándolo. Él declaró que honra a los que le honran (Romanos 13:7). Por otro lado, si desprecia lo que el Maestro hizo para que usted fuera rescatado y tuviera, así, la vida terna, estará lanzándose en las llamas mortales de donde jamás saldrá.
Quien vive por fe confiesa lo que la Palabra dice a su respecto y no acepta nada menos de lo que las Escrituras prometen. Por eso, esa persona agrada a Dios, y Él, una vez agradado, da su fuerza a ella. Vivir por fe es un precepto divino que todos deberían asumir. Por lo tanto, no viva por la Ley, sino por la certeza de la fe.
En Cristo, con amor,
R. R. Soares
