EL PEREZOSO Y EL DILIGENTE

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2011-01-21 03:00:00

«El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada.» (Proverbios 13:4)

Hay dos tipos de personas en la familia de Dios: los practicantes de la Palabra –vencedores– y los perezosos, que viven derrotados. No debería ser así, pues el Señor ama a todos de igual manera. Sin embargo, la pereza de ir a la Casa de Dios, a fin de participar del culto, donde el Espíritu Santo nos enseña, de leer la Biblia y de orar son factores que también contribuyen para que muchos vivan con los bolsillos vacíos, enfermos, llenos de pecados y de problemas. La pereza es una victoria de Satanás en la vida de muchos de los hijos de Dios.

Los perezosos espirituales se parecen con los de este mundo. Hay mucha gente que podría cambiar completamente. ¿Cuántos, en poco tiempo, no conseguirían un empleo mejor si decidieran estudiar con ahínco y prepararse para la vida? Algunos hasta piensan en hacerlo, pero prontamente son tomados por la desgana y dicen que ya son mayores, que ya no logran aprender y que su empeño poco servirá. Ellos tienen deseos como cualquier otra persona, pero se dejan vencer por el pecado de no querer esforzarse.

Tanto la vida material como la espiritual son duras y difíciles. Quien no se esfuerza y no tiene buen ánimo nada alcanza. Así sucede con los pastores que quedan con la iglesia vacía y que nunca ven milagros en su ministerio. Algunos llegan a acusar hasta los que han hecho la obra del Altísimo con éxito, de que son personas mal intencionadas o usadas por el diablo. ¿Cómo puede ser eso? Ellos, que nada hacen y que nada consiguen para su pueblo, creen ser de Dios. Si ese hecho es cierto, los que ayudan a las personas a que se libren de las enfermedades, de los pecados y que llevan multitudes a la salvación ¿pertenecen al enemigo?

El individuo diligente vence, pues examina la Palabra y asume lo que aprende en Ella. Además de eso, es observador y practicante de la voluntad divina; no tiene pereza de despertarse durante la noche a fin de ir a Dios en oración; no reclama de pasar periodos en la presencia del Altísimo; a veces de ayunar y de clamar al Señor hasta que la respuesta venga. A ejemplo del profeta Daniel (Daniel 10:2,3), aquél que es celoso queda 21 días, un poco menos o unos días más, en la presencia del Todopoderoso. El que se esfuerza tiene apenas una meta: conocer y hacer la voluntad del Señor, así, su alma prospera –llenase de bienes y de realizaciones–. Para él, lo que le interesa es la victoria y sólo.

Nada le falta al diligente, pues sabe dejarse guiar por el Espíritu Santo. Es como los siervos de David, que rompieron el campamento de los filisteos a fin de buscar agua, arriesgando la propia vida cuando el hombre de Dios apenas había suspirado por las aguas de Belén (1 Crónicas 11:17,18).

De la próxima vez que usted escuche el suspiro del Señor pidiéndole que crea en su Palabra y que haga su voluntad, no tenga la menor pereza. De esta forma, ¡usted se convertirá en un vencedor!

En Cristo, con amor,

R. R. Soares

La Oración de Hoy